10 agosto 2011

Verano de 2011

Está resultando un año francamente extraño. Sigo con mis disquisiciones mentales sobre la estupidez humana, los valores de la amistad y un millar de cosas más. Supongo que va por temporadas, hay épocas en las que estoy efusiva y feliz y otras en las que tengo ganas de tirarme por un puente. Qué le vamos a hacer...

Este verano no ha sido una excepción, mucho movimiento pero poca socialización. La situación actual de amistades alejadas no ayuda. Al final nos fuimos a las Ex Mundis, las jornadas roleras almerienses por excelencia, y no lo pasamos mal, pero me quedé con esa sensación de extraño vacío por dentro, esa sensación de que esto ya no es lo mismo que antes, de que ya no soy la misma persona.

El viaje a Asturias fue un remanso de paz, un tiempo para pensar hacia dónde estamos yendo exactamente. Pero se acabó pronto. Al menos esta vez pude ver el mar, aunque fuese poco tiempo.

La vuelta a Mordor, como siempre, dura, más porque me tocaba trabajar y todo el tema de las obras. Sí, estamos de obras en casa, como si no tuviésemos bastantes cosas que hacer, nos hemos metido a levantar todo el baño y está llevando más tiempo de lo que esperabamos. Bueno, sólo puedo pensar en lo chulo que va quedar porque ahora todo lo que hay son problemas.

La semana que viene volvemos a tener unos días libres que supongo que aprovecharemos para acabar de rematar lo del baño, comprar cosillas y dejar la casa más o menos decente, que va siendo hora. Al menos así no pienso tanto en que la gente que tenía a mi alrededor se ha distanciado por razones estúpidas.

Cada vez me quedan menos personas en las que apoyarme cuando paso un mal rato. Supongo que es verdad el dicho, lo que no te mata te hace más fuerte; esto no me matará y además me ayudará a depender menos de los demás. Hay que valerse por uno mismo.