Mi vida es un erial,
Flor que toco, se deshoja
Que en mi camino fatal
Alguien va sembrando el mal
Para que yo lo recoja.
Gustavo A. Becker
Hay días en los que te das cuenta que por más que desees con todas tus fuerzas algo, por mucho que corras, casi vueles, por conseguir lo que quieres, por más ilusión que le pongas a tus aspiraciones, se desvanecen. Huyen entre tus dedos como la arena de un reloj, dejándote con una sensación de desazón e impotencia. El mundo no es para los que tienen esperanza, esos sólo son meros soñadores que se entusiasman con lo que no tienen y fantasean con que tal vez esté a su alcance algún día. Ya lo dijo el poeta, los sueños, sueños son, y todo con lo que soñamos se quedará en el tintero de la imaginación y en los borrones de lo que podría haber sido.
En días como esos, la rabia provocada por la impotencia nubla mi mente. Pero tengo que poner buena cara y mentir, como hacen todos los demás, mentir diciendo que no importa, que no era tan importante. Mentir a los otros y a uno mismo para convencerme de que, lo que había luchado por lograr, no es al final tan importante, que son placeres prescindibles en favor de otros que los disfrutarán. Pero en la mente, la mentira aparece como un monstruo que amenaza con morderte y hacerte gritar de rabia.
Al final te callas, para no herir a nadie, atas al monstruo en un rincón oscuro y procuras no pensar en él. Todo pasará, como siempre. Y una tras otra, las decepciones que te da la vida te quitan la esperanza de seguir soñando con algo…